A propósito de la obra de Michel Pérez (Pollo)…

Por Niurma Pérez Zerpas

Hace dos años, la editorial Turner publicó un libro que comprende la obra pictórica de Michel Pérez (Pollo) en el período del 2008-2014. Dos textos breves pero muy atinados y fragmentos de la correspondencia que sostuvo el artista con los autores apuntan algunas claves esenciales para la comprensión de su obra. El resto de las páginas son imágenes de su producción artística que toman como punto de partida el año posterior a su graduación del Instituto Superior de Arte (ISA), fecha en la que ya se advertía la esencia de sus preocupaciones estéticas. Sin embargo, al ojear el libro no caben dudas de cuanto ha evolucionado la pintura de Michel. Es la misma pero a la vez diferente. Es el producto de un largo y continuo proceso de indagación y exploración de las posibilidades que le brinda el medio pictórico y a su vez de búsqueda conceptual y temática.

Alguien me comentó en cierta ocasión que los grandes artistas persiguen una obsesión. En el caso de Michel esta se hace cada vez más consciente. Se revela a través de un universo simbólico propio que lo distingue, un modo de hacer y de interpretar la realidad que puede variar pero el camino siempre será el mismo. Cuando conoces su pintura es difícil que no puedas identificar alguno de sus cuadros. Ya él ha delimitado su obsesión, sobre la que volverá una y otra vez.

En un principio, se hace visible el deseo de explorar la vida interior imaginada de objetos cotidianos u otros tomados del entorno, como los juguetes que marcaron a su generación. Estas piezas iniciales, más anecdóticas, provocan cierta sensación de extrañeza al situarnos ante imágenes ambiguas que, en ocasiones, insinúan el posible diálogo o relación entre seres u objetos que aparentemente no guardan nexo alguno. Con ello logra una imagen extremadamente poética, llena de sensibilidad y lirismo.
Con el tiempo, los nexos con la realidad física se van desdibujando y las formas adquieren un aspecto más imaginativo y simbólico. El carácter narrativo va dando paso a un discurso mucho más profundo y de compenetración con el acto mismo de pintar. En efecto, la pintura actual de Michel es un disparo al intelecto. Cada vez más se libera del sentido descriptivo para convertirse en un ejercicio intelectual; se torna más sutil apelando a la síntesis de la idea y mientras más simplifica más comunica, su obra se vuelve más íntima, misteriosa.

A mi juicio, la obra de Michel es una suerte de homenaje a las vanguardias, en tanto asimila, desde una perspectiva totalmente contemporánea, los grandes aportes del arte moderno. Con una nueva visualidad no deja de recordarnos a Picasso, Giorgio de Chirico, Magritte o a quien el propio artista reconoce como su máxima influencia: Giorgio Morandi. Es innegable la deuda con la pintura metafísica, esa que a inicios de siglo XX sentó las bases para el posterior desarrollo del movimiento surrealista. Michel intenta penetrar en el mundo interior de ese aparente mundo inanimado. Sus obras están envueltas en un halo de misterio que nos hace cuestionarnos acerca de la existencia de esas formas y el modo en que llegaron a su estado actual; nos parece posible su existencia aunque la razón nos indica que no. Los cuerpos van tomando su fisonomía a través de apéndices, como si estuviera a nuestro alcance poderlos descomponer por partes y volverlos a armar. Esferas, cuadrados, rectángulos de diversos tamaños que nunca llegan a serlo de un modo perfecto parecen el punto de partida de las figuras que pueblan su universo simbólico.

De igual modo, su pintura privilegia el gesto de contenido expresionista. No podemos quedar indiferentes ante las figuras y formas que habitan sus cuadros, sabemos que no son reales pero son creíbles. Tal parece que sienten, padecen, respiran. Aunque suelen padecer alguna imperfección o revelarse en su forma más primigenia, sin molde preciso, ellas se muestran impávidas, conscientes de sí mismas. Son capaces de trasmitirnos su estado de ánimo, emociones y sentimientos que transitan por la nostalgia, tristeza, paz, armonía.

Creo que ese es uno de los grandes valores de la pintura de Michel: el modo en que ha sabido articular un discurso que trasciende los límites de lo local para conectar con un lenguaje universal, sin desprenderse de aquel.
Una de las claves para entender su obra se encuentra quizás en una frase del propio artista que aparece en el libro a manera de confesión: “Me interesa una forma primitiva de concebir el mundo que roza con la simplicidad de las cavernas”. Pudiera asociarse lo primitivo con el sentido de lo rústico, las formas imperfectas, inacabadas, con el origen de las cosas, en una etapa en la que a la humanidad le falta mucho por recorrer. A su vez, en ocasiones esas imágenes me provocan una sensación diferente, me sugieren que esos personajes han vivido mucho, tienen algo que decirnos, soportan el peso de la historia y están ahí para contarla. Por eso están ahí, inmersos en su soledad y su silencio, impávidos ante el espectador que los contempla y los intenta comprender.
En los últimos años, Michel ha hecho énfasis en la importancia que adquiere en su obra el proceso de trabajo, el modo en que dichas formas logran tomar su apariencia definitiva. En él, la escultura y la fotografía le anteceden al acto pictórico, pues el artista construye modelos o maquetas, con plastilina, piedras u otros materiales, que posteriormente fotografía para de ahí ser traducidos al lienzo. Son procesos que se complementan, aunque es en la pintura donde se concreta todo. En una fase posterior, como parte de la búsqueda y de la indagación, ha prescindido de estas dos fases iniciales para pintar directamente a partir de una construcción mental, con lo cual se desprende del vínculo con la realidad.

Por último, en cuanto a proceso, más recientemente ha experimentado con la construcción de formas a partir de determinadas pautas que le traza el clima en un momento determinado. Cifras derivadas de la temperatura, humedad relativa o presión atmosférica, entre otros, se tornan en patrones para el acto creativo al fijar las longitudes de cada tramo que dará forma a una figura. En este caso, un dato interesante lo constituye el hecho de utilizar otro material durante la fase de trabajo: la cartulina, lo que contribuye a generar cierta ambigüedad en la imagen que si bien aparenta otra cualidad táctil, diferente a la de piezas anteriores, coincide en el carácter de lo compacto, sólido y consistente, dejando claro su presencia en el espacio a través de las sombras que proyectan.

En el arte contemporáneo cubano, no caben dudas de que la obra de Michel Pérez es una de las que más fuerza y energía creativa desprende. La madurez que ha alcanzado como artista nos confirma que aun tiene mucho por decir, mientras esperamos ansiosos volvernos a encontrar frente a algún nuevo e inquietante personaje en medio de la inmensidad del cuadro.