Contra la toxina

Por Píter Ortega

La obra del joven artista cubano Michel Pérez Cepero (“Pollo”) parece preguntarse todo el tiempo el “por qué” y el “para qué” del acto mismo de pintar. Sus trabajos se encaminan a pensar y cuestionar el propio medio: sus alcances expresivos y semánticos, su historia y perspectivas futuras, su pertinencia en los tiempos que corren, etc. Son un ejercicio de autoconciencia o autoconocimiento estético, de disección de la ontología de lo pictórico. El célebre pensador norteamericano Arthur Danto decía que el arte no está hecho para pensarse a sí mismo, sino para dialogar con una realidad que está más allá de él. El Pollo parece decirnos que eso es pura falacia, que la introspección resulta más grata que el parasitismo de lo real.

 

Mientras muchos manifiestan “estar hartos de ser brutos como un pintor”, Michel se niega a travestirse en una polilla conceptualista, en un ratón de los “nuevos” medios. Él se cuestiona todo el tiempo qué es lo contemporáneo, qué arte es más o menos eficaz en nuestros días (y por qué), cuáles son las definiciones y límites de lo conceptual (a fin de cuentas, todo arte lo es), cuál es la responsabilidad ética del arte actual (si es que la tuviese), quién decide la repuesta “correcta” a tales preguntas (y sobre la base de qué razones)… La suya es una pintura desprejuiciada, despojada de vicios y estereotipos. Una pintura que polemiza con su pasado, al tiempo que le rinde tributo, consciente siempre de que cualquier afán de renovación o ruptura lingüística sería demasiado ingenuo, insostenible (ya todo está inventado, diríamos en el argot popular).

 

Gozar la pincelada vendría a ser en última instancia cuanto le importa, más allá de reflexiones sociales, políticas, moralistas. Más allá de utopías ochentianas (y hasta noventianas, por qué no) trasnochadas. Es común escuchar en el “mundillo” del arte la frase: “una cosa es ser un pintor, y otra, bien diferente, ser un ARTISTA”. El Pollo nos diría algo así como: “y si quiero ser solo un pintor, ¿cuál es el problema?” Valdría preguntarse cuánto de prejuicio ha arrojado la contemporaneidad sobre dicho término. Al final, se está pintando desde la Prehistoria, de modo que sus cultores de hoy tienen un gran peso sobre sus espaldas, en lo que concierne a tradición e influencias. En estos tiempos resulta probablemente más difícil (y por tanto más atractivo, seductor) consagrarse al caballete que al video-arte o las artes de acción procesual (las cuales también han envejecido, sin duda, y han instaurado su propia academia, pero de cualquier modo su surgimiento es más cercano en el tiempo). Si algo destaca en la trayectoria de este joven creador es su fidelidad al lienzo. Detrás de cada uno de sus cuadros subyace una cuestión medular de actitud (y “aptitud”, desde luego) ante el gesto y las especificidades de lo pictórico.

 

Influencias o ascendencias culturales se descubren varias: el neoexpresionismo alemán de los años ochenta y la pintura china de los 90´ y los 2000´ serían las más notables. No obstante, los trabajos del Pollo poseen eso que podríamos llamar –tal vez un poco atrevidamente– una “personalidad” propia, un “aura” que los torna sugestivos y los aleja del “montón”, de la masa arrollada por la Historia. Dicen algunos que el espectador contemporáneo vive una realidad tan agitada y convulsa (con una velocidad e inmediatez tan pronunciadas en sus actos) que difícilmente sacrificaría tres minutos de su tiempo para contemplar una obra de arte en una galería o museo; y que si eso llegara a suceder resultaría un indicio bien alentador que hablaría de la calidad (o al menos de la fuerza expresiva) de dicha obra. Me ha pasado con Michel, honestamente; todo el tiempo me sucede. Sus telas me obligan a volver sobre ellas una y otra vez, sin una explicación concreta, solo para disfrutarlas desde la recepción más prístina, descontaminada, sin esas manías interpretativas de los dementes de la semiótica, según los cuales todo quiere decir “algo”, o todo “gato” tiene su “quinta pata”. Eso se llama autenticidad: autenticidad creativa y autenticidad en el acto de recepción. Sus piezas me interrogan, me desafían desde la simplicidad, desde el gesto mínimo, desde la humildad de sus pretensiones y la grandeza de sus resultados.

 

Su operatoria se basa justamente en eso: una suerte de minimalismo visual que busca la producción aleatoria de sentido partiendo del efecto poético que puede generar la conjunción de dos objetos en su versión más primaria y esencial, sin “maquillajes” o aditamentos decorativos superfluos. Todo ello primero a nivel de maqueta o estudio escultural miniaturizado, llevado luego a la iconografía del lienzo final. Y la síntesis se da en todos los aspectos, incluso en el de la relación figura-fondo: el primer término adquiere el protagonismo total, mientras que al segundo no se le presta mucha atención, quizás para no distraer la mirada del espectador. Se trata de una obra reposada, medio zen, donde impera cierto estatismo, cierta inamovilidad. Y mucho silencio (lo cual se agradece sobremanera, en medio de la propensión a la “bulla” que signa al arte contemporáneo). Piezas en las que uno siente que el pincel fue soltado en el momento justo (otro indicador de valor, si tenemos en cuenta cómo proliferan los excesos en nuestro contexto, ese no percatarse de dónde “parar” la mano y dar por concluida la obra).

 

Si bien el Pollo ha transitado por varias etapas creativas, en algunas de las cuales optó por el retrato (a partir de abstracciones mentales, sin modelos reales ni fotográficos) o por la representación de muñecos-juguetes humanizados, con sus perfiles psicológicos sobredimensionados (entre otras aristas temáticas que se pudieran mencionar); creo que son sus trabajos más recientes los de mayor impacto, justamente por ser los que más se concentran en lo esencial desde el punto de vista morfológico[1]. En estos se potencia la arquitectura misma de la imagen, su estructura imprescindible, de ahí que los valores de diseño alcancen una dimensión especial. Lo cual, unido a las características de los formatos –mayormente grandes–, termina siendo mucho más contundente.

 

Aunque he indicado que en su obra importan más los valores formales que los de contenido, no quiere decir por ello que no se puedan advertir en las telas de Michel ciertas obsesiones discursivas de interés. Y en este sentido no hay dudas de que la mirada se focaliza esencialmente en el complejo universo de la infancia, pero no desde la descripción o la anécdota estériles, sino desde el acento elíptico del sentido, desde el abordaje tangencial y solapado de problemáticas de profundo cariz psicológico. Nunca observamos a los infantes en el campo visual; su presencia es sustituida por un sistema objetual que lo evoca de manera indirecta: juguetes, muñecos de plastilina, y otros iconos cuyas marcas de ternura, lirismo y candidez los entroncan con dicha etapa de la vida. Se trata de una poética a medio camino entre la alegría y la tristeza, entre el emprendimiento y la apatía, entre el optimismo del futuro y el dolor de la añoranza, entre el llanto y la risa. Un universo sígnico en suma polisémico, y detrás del cual se pueden leer numerosas historias de vida, fantasías, anhelos, utopías dilatadas… Cada uno de esos muñecos o juguetes se humanizan para recordarnos algo macabro, una suerte de venganza de lo inanimado, una bofetada que hace añicos los presuntos cimientos sobre los que se sostienen los sistemas axiológicos de la adultez.

 

Frente a un arte contemporáneo tan signado por los vicios del paratexto, por la necesidad del complemento escritural (o verbal) que “esclarezca” la comprensión de las obras; en medio de tanto cripticismo que redunda en ineficacia y falta de habilidades comunicativas; los trabajos del Pollo poseen otra gran virtud: su efectividad y autonomía en materia de producción de sentido. Ellos “hablan” por sí solos, no requieren acotaciones a posteriori. Son en esta dirección autosuficientes. Su rotundez visual y expresiva es su carta de triunfo, más allá de cualquier “masturbación” conceptualista añadida.

 

Otro rasgo que distingue a sus creaciones es la ambigüedad, el carácter camaleónico y travestido de la imagen. Sus figuras (sobre todo las más cercanas en el tiempo) son una y muchas cosas a la vez. Sin abandonar por completo el referente, se acercan por momentos a los códigos de la abstracción. Así, una masa geométrica cuasi amorfa puede erigirse en un minotauro tremendamente enigmático; un banco azul se convierte en una liebre que desafía nuestra capacidad imaginativa; o tres moles de piedra simulan un inquietante y turbador beso. Todo depende de nuestra destreza asociativa, de nuestros ardides para trocar lo anfibológico en poesía, la duda en certeza. “Cuando despertó el dinosaurio todavía estaba allí”, reza el cuento más corto de la Historia. Y me recuerda mucho a las obras del Pollo, ciertamente, sobre todo por la facilidad que estas demuestran para articular narraciones profundas con recursos exiguos. Por la manera tan sagaz con que fabulan mundos apócrifos desde el ademán imperceptible, tímido. Y por la cantidad de incertidumbres e interrogaciones que suscitan. Lo cual siempre resulta placentero para el espectador avisado, sediento de retos.

 

Ajeno a cenáculos y grupúsculos; más allá de modismos fatuos; con una proyección internacional admirable para su edad; desde una relación exitosa y sincera con el factor mercado; y haciendo gala de un oficio pictórico y una cultura visual vastísimos; hoy no me caben dudas de que Michel Pérez es un pintor soberbio, de un talento extraordinario. Uno de los mejores del contexto cubano actual, y lo digo sin temor al exceso, a la desmesura. Qué más da. Él llegará muy lejos, eso lo tengo clarísimo. Y lo hará porque, además de todos los logros referidos desde el orden estético, posee uno insuperable en el ámbito de lo humano: la bondad y trasparencia de sus intenciones. Algo que un tiempo atrás estimaba nimio, desdeñable en lo que respecta a juicios de valor en el campo de la crítica; sin embargo, hoy no lo puedo desatender, de ningún modo. El inescrúpulo y la toxina que asfixian el medio, el arribismo generalizado que vive del “ojo por ojo y diente por diente”, me han hecho reparar un tanto más en la valía del altruismo, del desprendimiento. La vida ha terminado importándome tanto como el arte. Y el Pollo, por sobre todas las cosas, es un gran amigo, una persona maravillosa.

 

Excepcional.

[1] Véanse en este sentido exposiciones como Aburrido del chocolate (Galería Luz y Suárez del Villar, Madrid) y Prometo ser breve (Galería Servando, La Habana), entre otras.