La razón del equilibrio

Por Ricardo Alberto Pérez

Michel Pérez Pollo, nació en Manzanillo en 1981; y está considerado uno de los creadores más talentosos dentro de las recientes promociones de artistas cubanos. Su obra ha sido seleccionada para formar parte de un catálogo que muestra el trabajo de cincuenta artistas cubanos de las últimas décadas. Es otro de los que ha elegido como soporte la pintura; esa batalla silenciosa ante un espacio vacío que poco a poco se va convirtiendo en morada de las más inusitadas metáforas. Cuando llegué a su estudio estaba presillando el lienzo a un bastidor de amplio formato; al levántalo, quedo ante mí, exhibiendo una blancura inquietante, que en esencia dejaba fugar la soledad de una obra que aún no se ha realizado.

De inmediato me condujo a otra habitación, quedamos ubicados frente a un lienzo ya concluido; y casi encima de una pequeña mesita, en donde descansan algunos de sus singulares bocetos, y otros objetos mínimos que por su ingeniosidad, al estar extraviados del verdadero entorno al que pertenecen, parecen activarle las ideas, y sobre todo los deseos de ponerse en marcha

.En los mencionados bocetos; Pollo no usa el carboncillo, ni ninguna otra técnica asociada al dibujo, ni a la pintura. Ellos son manualidades, construidos con plastilina; dejando fluir la ingenuidad que a veces acompaña a los grandes proyectos. Con esos protagonistas, hijos de una vocación flexible, que cree en que los eventos suelen ocurrir por su propio peso, comienzan a transcurrir relatos, a formarse planos de incidencia que tendrán que ser trasladados e interpretados con el uso del acrílico.

Su pintura, en cada intervención, parece querer recobrar el equilibrio. Se apega a los procesos individuales como una sabia estrategia para desentrañar los misterios esenciales de la existencia, como ejercicio racional que siempre nos está conduciendo hacía algún objetivo, o meta. La investigación pictórica de Pollo, quizás intenta cubrir una crónica o reflexión sobre los acontecimientos que en ese proceso escapan de nuestra racionalidad, pero que también forman parte de nuestras vidas. La sencillez parece ser su punto de partida. Al mundo hay que darle un orden, y que principio sería mejor que ese, para comenzar la faena.

El artista parece saber que las cosas pequeñas van conformando los fenómenos trascedentes; de esa forma hurga con insistencia en los diferentes niveles de las sustancias contenidas por un todo, al representarlas, comienza a ser visiblemente filosófico. En las deducciones que hace se acerca a la filosofía oriental; sobre todo a los basamentos de algunos clásicos del pensamiento chino, quedando distante de lo que pueda semejarse a una interpretación enrevesada y estéril de la realidad. Una de sus mayores virtudes es la concisión, el camino recto, la mirada fija y el gesto curvo apostando por el balance y la compensación.

Suele decir que para mudar las cosas lo más eficaz sería no distorsionar el curso de los procesos que intervienen en sus cambios y transformaciones. La mayor contribución de cada individuo a esa mudanza es reconocer el sitio justo donde debe situarse. Su misión tendrá mucho que ver con aportar claridad en el sendero, despejar cualquier confusión que entorpezca la marcha.

Tanto en sus palabras como en sus lienzos es muy común oír hablar de cierta confianza, o compromiso que establece con los sentidos; suele decir que lo sensorial es una vía sensata y directa para encontrar soluciones convincentes a múltiples dudas e interrogantes que constantemente nos asedian. Así, hace ya algunos años atrás, realizó una exposición en una galería habanera, que consistía en pegar una multitud de chicles   en las paredes; en dicha muestra eran especialmente provocados dos de nuestros sentidos: el de la visión, y el del olfato. Al elegirse chicles de diferentes colores, se formaban tupidas manchas pigmentadas, que seducían la atención de los espectadores; los cuales a su vez eran invadidos por un penetrante olor que emanaba de la amplia gama de chicles empleados.

Michel Pérez Pollo profesa una especial creencia en su vínculo con el espectador, imagina que este debe ser un diálogo intenso, atravesado por la sinceridad, y la aparición constantes de polémicas que enriquezcan a ambos. En esa medida puede ser que interprete la utilidad del arte, su contante accionar hacia el mejoramiento de la sociedad.

El uso del color es otro de sus temas preferidos; en ellos, muchas veces, van implícitos los estados de ánimos, los mensajes que quieren transmitirse, la naturaleza de los ambientes donde ocurre la trama: El color en Pollo en ocasiones es una voz que le susurra al espectador, y en otras le grita; también es el sostén principal de la apariencia de la imagen; el elemento que comúnmente nos atrapa, inclusive antes de haber comprendido totalmente el significado de la pieza.

A pesar de ser un artista muy joven, ya parece tener muy claras algunas cuestiones vertebrales. Su poética dice desechar el procedimiento de las series; declara que este pude ser traicionero, volverse contra el creador, en la medida que derive en una actividad mecánica que condicione su deseo, y la espontaneidad de sus ideas. En ese sentido prefiere que su obra transcurra a través de faces, en las cuales puede advertir el momento en que debe dar un giro a la obra. Confiesa que este giro o transformación casi siempre ocurre cuando llega al estudio y experimenta una suerte de aburrimiento con lo que está haciendo; es un llamado de alerta que lo impulsa a transformarse.

Los temas que aborda, y sobre todo de la manera que lo hace, nos llega a hacer pensar en una contemplación infantil; pero estemos alerta, que esto pude ser una trampa, y de paso convertirse en uno de los condimentos de su obra. Es cierto que parodia muñecos de goma, escenas de plastilina y héroes de animación; pero al hacerlo destila una sutil angustia que no parece ser propia de la infancia.

Sin dudas, su trabajo ofrece al espectador una amplia posibilidad de interpretación, en ese sentido, lo convierte en su cómplice, en el personaje encargado de completar la obra; de ampliarle su campo de acción y de significación.

Las mayores influencias que asimila Pollo parecen venir de La Pintura Metafísica Italiana, específicamente de Giorgio de Quirico y Giorgio Morandi; también del Surrealismo, sobre todo de René Magritte. Sí nos detenemos en dos cuadros producidos en el año 2008 bajo los títulos de La Almohada y La silla, se nos vuelve muy fácil comprender dichas influencias, en buena medida por el criterio de la composición, y por la profunda sensación de extrañamiento que provocan, haciendo sentir que la imagen a la que se asiste parece provenir de un sueño. Igualmente reconoce el respeto que siente por la obra de algunos artistas cubanos contemporáneos, en especial por el trabajo de Flavio Garciandía, a quien visibiliza como un artista imprescindible para nuestra tradición; que en cada momento ha conseguido que no decaiga la fuerza de su obra.

Michel Pérez Pollo parece tener un vínculo amigable con el lenguaje oral y el escrito; un cierto don de traducir los sentimientos, y la trama pictórica en palabras, de esa manera vienen siendo efectivos los nombres de muchas de sus piezas, y muestras personales. Estos albergan un punzante contenido poético nacido del brote metafísico que lo sorprende y multiplica la gracia de sus engendros. En una exposición exhibida en Madrid, entre abril y mayo del 2010, confesó sentirse Aburrido del chocolate.

Extrañas piedras, algunas sobrias, otras exuberantes pretenden ser el centro, y a la vez el pretexto de su labor actual; reordenándolas, como si estuviera en un jardín zen, se hará más profunda su búsqueda.