(Sin título aún)

Por Enrique Guitart

Para comprender el trabajo de Michel Pérez no hay que saber nada. A menudo nuestro supuesto saber implica la dificultad de ver lo que no sabemos.

Nos encontramos ante un cuadro pintado por un artista cubano nacido a comienzos de los años 80 en una ciudad alejada 800 km de La Habana. Pensamos en ron, tabacos, Fidel, balsas hacia Miami, pero también en santería, arte religioso, misticismo, culturas precolombinas y en la cuna de corrientes políticas y sociales importantes para todo el continente.

Conocemos también algunas características del arte latinoamericano, la selección de materiales, que no necesariamente se encuentran con el comerciante especializado en los suministros para el arte: tierra, piedras, ramas, elementos de la naturaleza, objetos de devoción; elementos que en todo caso subrayan una identidad: el orgullo por la diversidad cultural propia; elementos que celebran diferencias y riqueza.

Objetos reunidos y transformados con las propias manos. Esta acumulación es progresiva, complementaria, no es pensada de manera lineal y se refleja naturalmente también en la comprensión y percepción del arte y de la producción artística.

No conoce el barroco, el Renacimiento y lo moderno, no pretende alinearse en ningún “time line”, porque teme morir en una “time capsule”. Esta acumulación se organiza caóticamente. Esta acumulación tampoco se ordena según aspectos políticos o geográficos: aquí los franceses, allí los suizos, debajo los africanos, a la derecha los chinos y después los latinos.

Esta acumulación no conoce ninguna horizontalidad, ni en el tiempo ni en la geografía. Se caracteriza por la verticalidad: mar, tierra, árbol, sol, cielo. Y esta acumulación siempre está ahí, no tiene pasado porque siempre es actual y no se interesa por el futuro.

Crece hacia arriba, se amontona, y una y otra vez se construye desde el principio, porque los días nunca son iguales, porque el clima cada día es diferente y porque todo, absolutamante todo lo que está siempre estuvo ahí: el mar, la tierra, el sol, el cielo. ¿Se ve todo eso en el trabajo de Michel Pérez? No, por ninguna parte se ve todo eso.

Este cuadro acumulativo de Michel Pérez comenzó a alcanzar su forma hacia 1999. Son los primeros intentos, acompañados de una carrera académica, de expresar su universo. Aquí puede verse el cuadro construido con objetos encontrados.

Estos elementos pueden ser juguetes infantiles, pero también piedras o artículos de uso. Ninguna pieza encontrada expresa por sí misma el lenguaje que Michel Pérez quiere expresar, sino que los objetos son partes de una gramática, órganos que él combina para hacer vivir un cuadro.

Aquí se puede, si se quiere, ver o sentir los métodos del arte latinoamericano. Puede intuirse una cierta identidad. Michel Pérez vive en una realidad impregnada de arbitrariedad, casualidad y creatividad.

Una realidad en la que siempre falta algo para vivir más o menos decentemete. Donde todo es reparado con lo más inusual, donde una mesa a la que le falta una pata se completa con un palo de escoba para que la mesa pueda seguir cumpliendo su función.

Visto así, surge en la vida cotidiana un collage que Michel Pérez asume en sus cuadros. Él vive años muy movidos, ricos, imagina ya un universo, la posibilidad de pintar su universo. Y encuentra casi con los ojos cerrados las partes de este rompecabezas. Pero él sabe que uno no puede combinar eternamente esta piedra con esta butaca, este juguete con este otro material.

Sí, está bien, pero no es correcto. Puede uno seguir ayudando a la realidad con prótesis, pero en algún momento será agotador para Michel Pérez salir a buscar tales prótesis. La poesía de los hallazgos resulta para él demasiado surrealista, como soñada, no realmente definible y por ello no suficientemente clara.

Estas figuras son teóricamante correctas, en el sentido de un contexto no comprensible, una herencia cultural, una percepción general y cosas por el estilo.

Sin embargo, lo que hubo hasta ahora fueron trasfondos anteriores, portadores anteriores, pantallas previamante pintadas, a las que Michel Pérez otorgó un significado adicional. Él elevó estos hallazgos a nuevos significados.

En algún momento en el año 2007 lo acumulativo alcanza un peso que no se soporta a sí mismo y se desmorona. Sin embargo, para entonces Michel Pérez ha desarrollado ya una cierta confianza en sí mismo, en su técnica y también en su ideología y comienza a crear él mismo los portadores de sus obras.

A ello se añade que los títulos de sus trabajos también desempeñan un papel importante. Portador, objeto y título son una unidad. Ahora los trabajos son como piezas teatrales, la pantalla se convierte en espacio. Michel Pérez busca los hallazgos en sí mismo, ya no más afuera, en la calle, en las plazas.

Comienza a construir un escenario para colocar allí sus muñecos, sus muñecas. Ahora el trabajo se concentra, se repiensa y se condensa. Hay espacio, arquitectura, luz, perspectiva y siempre un horizonte, una referencia de volumen y posición en el espacio.

Él escenifica, reflexiona sobre la continuidad tiempo-espacio. Ahora le interesan a Michel Pérez el trasfondo, el espacio y las correspondientes sombras. Percibe la construcción, la construcción platónica del espacio.

No las formas del Timalo de Platón, no; él juega más bien con la metáfora de la cueva de Platón donde el hombre debe conformarse con las sombras de su existencia y la doctrina de las ideas de Faidón de un mundo en el que residen las ideas.

Ahora, poco a poco ha tomado conciencia de que los objetos hallados, también aquellos encontrados en la calle, tienen igual contenido de verdad que los hallados en el espíritu, en su fantasía. Ambos son imperfectos y ambos son reflejos de un universo superior.

Y si ambos son imperfectos, por qué no crearlos a partir de la propia intuición. Así, estas nuevas percepciones comienzan a tomar forma. Escenarios, objetos, títulos, son partes de una pieza teatral que deben ser creados absoluta e inevitablemente.

Ahora hay que mantener la calma: cualquier pequeña modificación de la perspectiva de los objetos en la pantalla cambia radicalmente el sentido del trabajo. Los colores deben ser exactos. Ahora hay que colocar el horizonte de manera precisa en la imagen. Pero ahora comienza también a tomar forma una nueva mitología propia.

Michel Pérez enfrenta la realidad a los pensamientos e ideas. Antes su arte provenía de un evidente artificio, del mundo de los objetos hallados. Ahora su arte surge de la fuerza creativa en sí misma y tiene por lo menos tanto valor en la representación de la realidad imaginaria como la realidad misma.

Ahora él comienza a crear realidad y disuelve lo acumulado para llegar a la realidad de una América Latina del siglo XXI, para oponer algo a la extraordinaria realidad política, económica, cultural y social de la Isla en que vive.

Michel Pérez intenta crear una realidad artística estricta entre las dificultades cotidianas condicionadas geográfica, cultural y políticamente y una realidad exterior aparentemente mejor.

Él trabaja con la convicción de que el arte puede influir en la propia realidad, que las ideas en sí pueden crear realidad cuando uno busca salir del mundo de las ideas y puede crearse de una realidad precaria, una realidad deseable. Michel Pérez no pinta arte, sino intenta reflejar su cultura.

Finalmente, hay este momento en que el artista está presente en el espacio por medio de su obra y el observador está enfrente; un observador con su propia realidad y su propio mundo interior, sus pensamientos íntimos, su propio saber, pero también dudas, sus propios sueños, su propio pasado, experiencias e ideas fijas.

Para comprender este trabajo no hace falta saber, sino primero mirar y solo después quizás hacer. Michel Pérez comienza a construir realidad por sí mismo. Su trabajo formula una proposición, a saber, la proposición al observador de que cree realidad por sí mismo.

El observador es invitado a crear realidad y no a cementar su propio conocimiento sobre el artista o a querer que sea confirmado. Michel Pérez desea tener alguien enfrente, ante el cuadro, y que no salte dentro sabiendo. Para ello se necesita valor, pero vale la pena.